Aquellos pueblos en el bosque de Asturias marcaron un antes y un después en mi profesión. Ibamos con mucho respeto y con algo de nervios, a provocar un debate que sabíamos problemático. Lo preparamos bien, lo ensayamos mentalmente. Solo el reclutamiento de un grupo de gente en aquellos valles debió ser una pesadilla, desconfianza, imposibilidad real de ponerlos de acuerdo a una misma hora y un mismo día, y por supuesto todos se conocían o eran parientes.

En uno de ellos nos esperaban en la plaza del ayuntamiento, el alcalde, algunos de sus compañeros del consistorio, sus familias, algunos jóvenes también, porque en realidad querían decirnos algo con ellos, pero no querían que hablaran mucho, al menos no sin el permiso gestual de ‘los mayores’. Estabamos en medio de los bosques para hablar de los incendios, sus causas, el por qué se sucedían cada año y casi siempre provocados. Era, pensé yo, como entrar en un pueblo de Sicilia para debatir sobre la mafia.

Teníamos que encontrar y construir una buena estrategia de comunicación, algo que realmente funcionara más allá de ‘cuando el bosque se quema algo suyo se quema’ o de personajes famosos haciendo testimonial y RSC de su marca personal.
Recuerdo que en aquella sala improvisada, el alcalde dió un golpe en la mesa, despues de desgranar las razones por las que el bosque se quema, y mencionó a los jovenes diciendo: ‘que se vayan a Gijón, eso les digo, aquí no hay futuro para el hombre, pero si para el jabalí’.

http://www.magrama.gob.es/es/biodiversidad/temas/defensa-contra-incendios-forestales/campania_tv_1962_63.aspx

Pudimos hacer el estudio completo, no sin antes alguna deserción ejemplar de algunos del equipo: ‘he de dejarlo, lo siento, pero estoy de acuerdo con lo que me han dicho los agricultores y ganaderos y no puedo mantener mi nivel de análisis bajo control’. Me quito el sombrero frente a esa decisión.

Aquel hombre alcoholizado que apareció a ultima hora a invitarnos a probar sus caldos en su bodega me dió buenas claves, y por eso volví con el técnico de sonido, un auténtico mago de los decibelios y los micros de ambiente, en su R5 destartalado. ‘El bosque hay que quemarlo’, dijo mirandome de soslayo, y conseguimos grabarlo junto al discurso del bosque, el que los autóctonos conocían bien, el de los pajaros y las lechuzas, las ardillas, o el flujo del aire entre las ramas de los castaños y los robles.

Por la mañana de cualquier dia de la primavera, sonaba el bosque en la radio, las palabras y las frases de algunos lugareños montada encima, en las emisoras que ellos oían al trabajar sus huertos, y sus granjas, en sus tractores y en sus bodegas, en sus bares del pueblo. Ese año los bosques descansaron un poco de su grito desesperado, fuego!

Cantabria hoy me ha abierto su corazón. He estado en un bosque de secuoyas, majestuosos seres, y he comprendido lo que aquellos hombres me querían contar hace ya muchos años, ‘escucha al bosque, solo escucha al bosque’.

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