No hay luz así en el universo, pensaba Bruno. El sol del verano le calentaba la piel y picaba. Bruno enseña la piel sin ningún pudor, es de un tostado casi negruzco, morena como la de muchos gitanos, curtida a pesar de sus pocos años. Casi siempre anda en panta­lones cortos y sin camiseta o con alguna rasgada y rota, sus favoritas. Su pelo rizado y rubio claro, sus ojos de color miel, su imagen para los pocos que pueden verle a través de esos campos es casi la de una animalillo más en el ecosistema, una abeja quizás. Pero salta y corre como una lagartija, se esconde en cualquier rincón, escala cualquier árbol o piedra. Bruno es un salvaje que me pone los nervios a flor de piel. Nunca sé dónde anda, solo aparece cuando él quiere, lleno de rozaduras, manchado de qué sé yo sustancias, con trozos de plantas y otros seres que le cuelgan por la ropa o en el pelo, con algún bichito medio muerto protegido con todo cuidado entre sus manos de largos dedos y uñas sin recortar, sucias, medio rotas muchas. Aparece y sonríe con su boca blanca y rosa, limpia, llena de dientes fulgurantes, su boca de niño casi hombre feliz e inconsciente: ‘mira mamá, tenemos que ayudar a este sapo; creo que le ha atacado algún otro sapo, o quizás una bicha o un pájaro… mira que herida tiene, tenemos que curarle’. ‘Quita eso de ahí Bruno por Dios’, le digo chillando. El ríe con todo su cuerpo y su mirada, todo él luz y conexión con el cosmos, y su carcajada grande y generosa me hace sentir pequeña, inútil e ignorante, pero al mismo tiempo orgullosa de ha­ber creado esa vida tan potente, tan peligrosa, tan libre. ‘¡Vamos!, lávate las manos ahora mismo y deja eso por ahí; ni se te ocurra meterlo en casa’. Bruno se frota el antebrazo, ya pringoso de por sí, por la cara, y el sapo se mueve medio inerte de un lado a otro derramando toda clase de líquidos extraños; ¡qué asco siento!, pero al instante veo como deja el bicho en el suelo y se pone a andar, como si la vida hubiera vuelto a él, ante la mirada confiada y sonriente de este niño adorable. Bruno le susurra algo que no distingo y el animal da un salto de varios centímetros y se cuela entre las zarzas que rodean la casa, junto al río Duero, en el centro del mundo, como dice Bruno.

 

Hay dos cosas que molestan mucho, me ha dicho, que te despierten de golpe y rompan tu sueño reparador, hace una mueca cada vez que dice una de sus ‘palabras interesantes’,  y la otra es que se te metan pequeñas ramitas y espigas entre los dedos de los pies y las zapatillas de lona. Pero Bruno iba descalzo casi siempre, por nada de lo anterior sino porque le gustaba sentir el suelo, las diferentes texturas, incluso las piedrecitas, los cristales, cualquier cosa que le permitiera vivir más el mundo, sentir su temperatura, su humedad, su densa espesura microscópica. También gustaba de ‘andar a chun-chun’, como él lo llamaba, y que consistía en elegir cualquier ruidito regular del ambiente, un claxon repetitivo, una alarma, un grillo en la noche del verano, una chapa de metal golpeada por el viento en la tormenta, y acompasar sus movimientos y sus pasos hasta encontrar el siguiente ritmo y cambiar. Verle caminar  en esos momentos resultaba inquietante. Bruno parecía directamente un demente, un gamberrete abandonado a su suerte por su familia, un huérfano. Andando a ritmo de los silbidos de un Clarín, que ahora sé que es un pájaro extraño que silba tan fino que te eriza los pelos, no pudo evitarlo, esta vez no lo vio venir. El conductor del furgón tam­poco pudo verle, y después del frenazo brusco y del golpe seco se aferraba al volante con la ansiedad fijada en el rostro, el pánico acorralando su cuerpo en la cabina de su furgoneta, las lágrimas lentamente haciendo un charquito en el asiento del vehículo,  mirando sin pestañear la imagen de ese cuerpo pequeño tirado en la cuneta, convulsionando.

 

Ella estaba allí frente a la cama del hospital, habitación com­partida, instalaciones algo destartaladas, médicos con síntomas claros de estrés crónico y mirada desviada y perdida. Seguía llorando desde que llegó, no había parado en varias horas y le dolían los ojos hasta el nervio, pero no se daba cuenta. Se disociaba, se veía a sí misma como en una película de ficción, un personaje triste y derribado, sujetando su cuerpo al pie de la cama, y no sabía dónde enganchar su alma para que no se fuera volando.

Bruno era ahora una especie de ciborg, cables y enchufes le abrazaban, le arropaban casi comple­tamente. Su cuerpo moreno, tostado mejor, lleno de arañazos y heridas, pero ahora limpio, casi era menos visible que todo aquel cablerío de colores y líquidos que subían y bajaban, goteantes, lentos como la espera. Silvia su madre, no la natural sino la adoptiva, oía su corazón rasgarse, perder trozos poco a poco. Ese dolor no lo había imaginado, como su inmenso amor por Bruno, le inundaba hasta rebosar sin control. Miraba su cuerpo que por primera vez en días se podía ver sin manchurrones y costras viejas, y olía su piel con aroma de manzanas y romero, primaveral. Y otro suspiro angustioso la invadía, los pensamientos más negros no la dejaban en paz, no podía luchar contra esto, no era tan fuerte como creía. Perdía las fuerzas y se sentaba, las piernas temblaban, la pena bro­tando ahora como un grifo roto, sin freno, toda pérdida y descom­posición. Su vida se iba con la de Bruno.

Hola señora, buenas tardes; quiero pedirle perdón ante todo, se lo digo de verdad que no tuve tiempo de hacer nada, y no iba deprisa, lo han dicho los motoristas al medir la frenada, se lo aseguro señora….. Pero es que prácticamente saltó delante de mi furgoneta, por en medio de la carretera, como un animalillo. Se lo prometo señora, estoy destrozado. Silvia le miraba casi sin verle, apartando rápidamente sus lágrimas y sus mocos con un pañuelo; acertó a ver que estaba vestido con unos vaqueros y una camisa de cuadros y que tendría unos cuarenta años. No estaba afeitado de varios días, se le notaba exhausto. La crisis estaba siendo muy dura con los autónomos en este país, especialmente este año, pero como siempre. Sus brazos caídos y en la mano colgante un racimo de flores pe­queñas y bonitas, silvestres, compradas abajo en la entrada del hospital a una gitana vieja. Su impulso era el de levantarse y golpear a aquel hombre hasta matarle, pero no podía hacerlo, se sentía como metida en una caja hermética de sentimientos caóticos y tristeza indescriptible. Se derrumbó de nuevo en sollozos, tan profundos que el conductor sintió que debía abrazarla y consolarla. También el oyó como su cora­zón crujía y su inteligencia se nublaba, dejando caer las flores sobre los pies de la cama, el aroma flotando un instante en el aire, y su cuerpo que le obligó a irse por donde había venido. Pulsando el botón del ascensor, tembloroso y acobardado, oía el lamento de Silvia, bronco, nada feme­nino, lleno de rabia, de desolación. La oía gritar su nombre, ¡Bruno, hijo mío!

Los médicos corrían entre los pitidos agudos de emergencia del mo­nitor cardiaco. Un manojo de flores estaba des­parramado por el suelo y los zuecos de colores del per­sonal sanitario aplastaban todo a su paso, apartaban a cualquiera, avanzaban como una manada de elefantes a la llamada de alerta de uno de la familia. Máxima atención, tenían menos de treinta minutos para solucionar la emergencia. Se trataba de un paro multiorgánico. Todo fallaba en el cuerpo de Bruno. Alguien agarraba a Silvia por los hombros e intentaba sacarla de la habitación mientras los demás trabajaban a destajo con toda clase de artilugios electrónicos y gritando palabras incomprensibles. La doctora jefe estaba fuera de sí, pero se la veía absolutamente concentrada aplicando palas eléctricas en el pecho pequeño y her­moso de aquel chaval, que se contorsionaba elegantemente, de forma rítmica, como si fuera paseando entre sus árboles y sus bichos allá en el pueblo, junto al río, siguiendo un nuevo y diferente ‘chun-chun’ eléctrico. En uno de los espasmos abrió los ojos y miró fijamente a su madre, a Silvia, que se agarraba al quicio de la puerta con todas sus fuerzas renovadas y le llamaba sin cesar. En esa mirada fija y prolongada  todo se paró y todo ocurrió.

Ver con los ojos de un elefante, la sabana enorme y omnipresente, el calor del sol en la estación seca, las manadas de distintas tribus de herbívoros andando frente a las leonas silenciosas que planean  su ataque, era fantástico. Ver y oírlo todo, cada mugido, cada cigarra refrescándose en las acacias o en las albizias, cada silencio antes de la batalla final por la vida; sentir  el sí de las leonas lanzando su ataque en equipo, rodeando al ñu azul o a la cebra más asequibles para el zarpazo y para hacer presa en su cuello; cazar el sonido de esa muerte dulce y seca.

Ése era su sueño y para ese sueño debía prepararse. Intentaba transmitirlo y hacerlo entender con su compor­tamiento, pero yo no lo entendía, se dio cuenta Silvia. Ahora sé que debí estar más atenta a sus mensajes cada vez que subía o bajaba de algún chopo viejo de la rivera, o cuando íbamos en el coche y gritaba con urgencia  ‘¡para mamá!’ porque había visto un gran lagarto sobre una piedra saliente, y yo daba un respingo y le gritaba ‘Bruno, no me hagas eso otra vez o nos damos la vuelta a casa y no vamos al pueblo más’.

Esas salidas al campo que cada vez demandaba más, con los años; y esas excursiones y pequeñas y extrañas peti­ciones, que si unas zapatillas ‘pies de gato’, que si unas gafas de visión nocturna; y mi respuesta de siempre, ‘no podemos Bruno’ el año que viene, si las notas son buenas, veremos. Y sí podíamos pero yo no me atrevía a pensar qué ibas a hacer con esas cosas. Bruno hijo, demasiado protectora para ti, lo sé, ahora lo sé. Y lo cambiaría todo por un ‘hola mamá Silvia’, como te gusta llamarme, ‘sabes, he visto un peligroso y fugaz guepardo en mis sueños y ahora ya sé cómo hay que moverse entre los pastos secos en verano para que no se me vea’. Daría todo lo que soy, cambiaría por ti mi amor, mi príncipe.

Silvia oía sus propios lamentos como el ruido de fondo de un vela­torio, ese ruido que no suena, que nadie quiere oír pero que está ahí. Estaba agotada, absorta, como dormida. Deseaba con todas sus fuerzas que fuera una pesadilla, qué gran contradicción.

Cric, cric era el ritmo que tocaba esta vez un grillo que al acercarse dejaba de sonar y volvía a repetirlo si te quedas parado suficiente tiempo. La naturaleza es ritmo y es paciencia. El universo no se pone en marcha porque un niño quiera, tampoco se detiene. El universo es el niño. Bruno estaba entre dos rinocerontes a punto de entrar en batalla por el territorio; al verlos Bruno pensó que parecían bailar con las puntas de los dedos, cientos de kilos de corazas y músculos que terminaban en un poderoso y codiciado cuerno. E hizo lo mismo, se puso de puntillas y rodeó un arbusto enfilando a su enemigo, ace­lerando la carrera, bufando por ambos orificios del hocico, agachando el cuello y con él todo su arsenal mortal dispuesto a la cornada, los ojillos fijos en el movimiento todo de su contrincante, ese momento en el que el tiempo ya no es tal, ni el cuerpo es propio, y que todo el juego está sobre la mesa, sin artificios, el instante mismo en que vida y muerte son lo mismo, y levantó por fin la cornamenta al tiempo que su contrincante  y chocó bruscamente sintiendo el ardor de la punzada, oliendo la sangre mezclada con el sudor y las endorfinas rebosando sus cerebros, y después nada. La selva se quedó un instante esperando y volvió a sus sonidos de acá y de allá, los pataleos y relinchos de las cebras jóvenes, los quejidos de las manadas de elefantes en la charca, el rugido de los leones reclamando su parte del festín de caza de las hembras. El cuerpo de Bruno había quedado tendido allí, entre hormigas trabajando en sus hormigueros y gramíneas. Pronto oiría el primer graznido y el suave pero intenso aletear de los buitres que vendrían a limpiar lo que pudieran, luego las hienas, quizás luego algún león viejo y solitario a recoger el saldo si hoy no había encontrado nada mejor. Antes de irse Bruno oía a Silvia, su querida madre adoptiva, su salvadora. La oía lejos, llorar y llamarle. Tranquila mamá, estoy bien, le gritaba él sin éxito. De verdad, le decía, ha sido una lucha hermosa y ninguno ha ganado y hemos ganado los dos. Ahora sé porqué nadie se mete con un rinoceronte. No es por su cuerno, por su coraza o por su peso, mamá; es porque no tienen miedo a nada, ni siquiera a ellos mismos. Ahora lo sé mamá, la naturaleza nos dio el miedo para hacernos triunfadores porque no éramos invencibles. Tengo sueño mamá, ¿me puedo acurrucar contigo?

Bip, el pitido de nuevo. Esta vez más prolongado y suave. La doctora jefe levantó la mano abierta en un gesto de infinita angustia y dolor frente a este cadáver en especial. Ya está dijo, hora de la muerte 18:45, y apagó la máquina.

Silvia sudaba y casi no podía respirar. Estaba agarrada a su querido Paul, su pareja de siempre, que la acariciaba el pelo y le retiraba el sudor de la frente y las lágrimas de los ojos. Estaba totalmente desorientada en su cama de siempre que ya no le parecía familiar. Las  palabras de Paul eran un consuelo amable y profundo. El sabía que, fuera lo que fuera lo que hubiera soñado Silvia, el dolor en ese momento era intenso, muy real.

Paul, acertó a decir ella cuando se recuperó ligeramente y volvió a la vida de vigilia, ‘quiero tener un hijo’; por favor dime que sí.

Claro, dijo Paul, pero el nombre, si es chico, se lo pondré yo. Me gustaría que se llamara Bruno.

Ella dijo sí sin pensarlo, y se sonó la nariz con el pañuelo.

B R U N O

Por: @qualispacer

(Jesus Anguita | Agosto 2014)

 

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.